domingo, 21 de diciembre de 2025

El cazador

Conocía el bosque como una extensión más de su propio ser porque lo había habitado durante larguísimos años. Había visto a decenas de árboles nacer, crecer y morir. Su propia vida estaba ya en su otoño, pero aún le quedaban fuerzas suficientes como para habitar en solitario, sin buscar la ayuda de los suyos. Por eso estaba cazando. Necesitaba alimentarse y demostrarse a sí mismo que podía hacerlo como cuando era más joven. En los últimos años esa duda había ganado cada vez más peso y se negaba a aceptar que, tarde o temprano, tendría que darle la razón. Pero no hoy.

Anduvo rastreando a su presa las dos horas anteriores. Como había aprendido, poco a poco y metódicamente. Las prisas llevan a la precipitación, y ésta a los errores. Sus pasos habían sido calculados para hacer el menor ruido posible, acompañando a la suave brisa para que ocultase la mayor parte del sonido. Se había puesto en dirección contraria al viento para que el ciervo no percibiese su olor. El cuchillo, al lanzarlo, podía causar sufrimiento al animal, en caso de producir una herida normal, que no acabaría con su vida inmediatamente. El animal huiría y seguramente lo perdería. El arco podía hacer ruido y, mientras apuntaba, el animal podía moverse, teniendo que empezar el proceso casi desde su inicio. Finalmente se decidió por el arco. Volvió a moverse. Recalculó la trayectoria a la vez que tensaba el arco. Esperó. Esperó. Sus brazos y su espalda comenzaron a notar el esfuerzo. Esperó. Vio el momento y dejó que sus dedos liberasen la tensión de la cuerda. La flecha se introdujo por el pecho, llegando al corazón. La bestia se desplomó inmediatamente, sin darse cuenta de lo que había ocurrido. Se acercó despacio, respetando los últimos momentos de la conciencia del animal. Su alma debía partir sin sobresalto para aumentar el peso de la balanza de la paz. Los espíritus de las vidas que se acababan podían partir violentamente, aumentando el conflicto en el mundo, o hacerlo sin ser agredidos o incomodados; esas eran las creencias de su pueblo.
El espíritu se separó del cuerpo con tranquilidad. Eso era buena señal. Si no tenía prisa por partir, el espíritu asumía el cambio en su estado. Tampoco era bueno que se demorase en salir, pues indicaría que no aceptaba su nueva realidad. Pareció mirar el cuerpo que lo había albergado durante sus años de vida y comenzó a descender, hundiéndose en la tierra como si esta lo disolviera.
A medio camino de su incorporación al suelo, comenzó a difuminarse. O más bien a perder intensidad. Esto sobresaltó al cazador. Una parte de la luz que componía el espíritu comenzó a moverse en otra dirección. Una pequeña y esquiva bola de luz que eludía árboles y ascendía por las numerosas irregularidades del terreno. Se acercó al cuerpo y dio un agradecimiento rápido por la vida quitada. Este suceso no era nada habitual y no podía dedicarse a tratar el cuerpo del ciervo en ese momento.

Siguió a la luz. La intensidad del sol de la tarde, con sus numerosos brillos no facilitaba la tarea. Pero la trayectoria del fulgor era todo lo rectilínea que se podía esperar moviéndose por un bosque, por lo que era sencillo reencontrarla cuando se perdía. Trotaba siguiendo la parte del espíritu que se escapaba. Avanzaba sobre pequeñas elevaciones y hundimientos del terreno, pero descendiendo una de las laderas que formaban ese bosque. El camino de la luz, si no se desviaba, la llevaría a una pared de roca prácticamente vertical de varios metros que caía hasta piedras puntiagudas que sobresalían por encima del curso de un río recién nacido. El cazador no necesitaba pensar para saber que, de llegar hasta allí, no podría seguirla. Continuó esta persecución hasta el lugar que el cazador había previsto. La luz descendió la pared de manera casi perpendicular y atravesó el río por su superficie. Aunque su corriente la desplazó varios metros siguiendo su curso. Luego comenzó a ascender por la pared opuesta, ya recuperada la trayectoria original. La vio alejarse, destacando sobre la roca oscura hasta que llegó al nivel superior. Entonces la perdió de vista.

Una hora después había llegado al lugar donde había abatido al ciervo. Volvió ensimismado, sin prestar atención a su entorno. Lo que había presenciado, nunca lo había visto. No sabía qué era ni cómo funcionaba. La magia que estaba haciendo eso, puesto que no era el funcionamiento habitual del proceso, y no podía hacerse por medios mecánicos, debía ser poderosa. Desde luego mucho más que la él conocía. Debía buscar a alguien que pudiese informarle. Cavilaba su próximo paso cuando un gruñido grave lo sacó de sus reflexiones. Aprovechando el ciervo muerto, un lobo solitario había llegado atraído por u olor. Su pelaje mostraba tonos y mechones grisáceos, por lo que sabía que era un anciano. Casi su equivalente. Se acercó mientras la bestia lo miraba con la cabeza gacha enseñando los dientes. Se puso en tensión, preparado para saltar y atacar a un posible competidor por su comida, uno que no había hecho caso a su gruñido.
El cazador comenzó a acercarse describiendo una espiral que se cerraba sobre el lobo. Buscaba el lugar más propicio para saltar sobre él. Sólo tendría una oportunidad, por lo que era imprescindible aprovecharla. También comenzó a gruñir, imitando al lobo. Al principio se distinguía su voz de la del animal, pero progresivamente fue acoplando su tono y haciéndose indistinguible. Le estaba provocando mientras seguía rodeándolo y acercándose.
Cuando estuvo a menos de dos metros, el lobo se le acercó bruscamente, lanzando un bocado al aire. Una última advertencia para que se alejara. Los dos seguían girando. Avanzando. Aproximándose poco a poco. Entonces el cazador lo notó bajo sus pies: una pequeña elevación del terreno que le permitiría impulsarse. Flexionó un poco las piernas mientras extendía su brazo derecho bruscamente. Había atraído la atención del lobo hacia ese lado. Fue una fracción de segundo, pero fue suficiente. Saltó, cayendo sobre su lomo. Con movimientos aprendidos y precisos se enroscó en su espalda. Con sus brazos y piernas trabó las patas del animal, mientras con una mano libre dirigía su cabeza hacia arriba, evitando que lo golpeara con un movimiento brusco. El cazador animal estaba completamente indefenso. Se revolvió, porque en su espíritu no estaba aceptar la derrota. Gruñía, lloraba. Intentaba soltarse moviendo las patas, retorciendo la cabeza. Trataba de morderlo, pero le costaba abrir la boca por la posición forzada a la que estaba sometido. No podía escapar y lo sabía, y su frustración y miedo lo gobernaban. Empezó a susurrarle al oído una especie de canción y el lobo fue calmándose poco a poco. Seguía gruñendo y llorando, pero poco a poco adoptó un tono y ritmo menores. Después de varios minutos de repetir el mantra, el lobo se relajó completamente. Lo soltó y este se tumbó.

Comenzó a limpiar el cuerpo del ciervo, quitando apresuradamente las partes que podría conservar de manera más rápida. La luz moría y volver a casa sería más lento entonces. Mientras lo veía operar, el lobo lloraba por no poder comer. Más teatro que frustración real. Él se sonreía comedidamente. Cuando había cogido las partes que le interesaban y las hubo guardado en varias tiras de cuero que depositó en la bolsa que llevaba anudada a su espalda se situó al otro lado del cuerpo del ciervo, dejando éste entre el lobo y él mismo. Susurró otra palabra y el lobo se levantó y comenzó a devorar con fruición el cuerpo del ciervo. Había más que suficiente para que el lobo se saciara.
Comenzó a andar de vuelta a su casa, una choza construida con cortezas de los árboles como techo y troncos recubiertos de tierra en la que crecía el musgo, de un verde brillantísimo, incluso a en la noche. De una chimenea hecha con piedras alineadas salía una fina columna de humo. Entró, notando el agradable calor de su hogar. Con un chasquido de los dedos encendió las velas, iluminando el interior. Sin dejar escapar ni un instante, se dedicó a preparar la carne, cortándola en tiras muy finas y poniéndolas sobre una piedra que estaba sobre el fuego, con el objetivo de secarlas rápidamente. No sería la mejor cecina que hubiese hecho, pero la necesitaba rápidamente. Situó otra piedra plan encima, presionando la carne. Las tiras dejaron escapar sus jugos sobre las brasas, haciéndolas crepitar. Ese sonido se mantendría durante un tiempo largo. El cazador dispersó las brasas, se desnudó y se recostó en su lecho, cubriéndose con varias mantas de lana y una piel de cabra montesa.

Despertó poco antes del amanecer. Se vistió y revisó la carne. Prácticamente estaba lista. No duraría en buen estado tanto como la hecha poco a poco, pero eso tenía una solución sencilla. Añadió algunas ramas más y movió las brasas para que el calor fuese uniforme y reducido. No quería que se quemara la carne, sino que terminara su proceso a fuego lento. Recogió la mochila y se dirigió a un río próximo, donde lavó los trozos de cuero aprovechando su baño matutino. El agua del riachuelo procedía de las montañas que había al norte y se incorporaba, junto con otros, al curso del Vanri, que llegaba al mar casi directamente, bordeando las ruinas de Ersika. Aunque él era viejo, no había conocido esta ciudad antes de haber sido asolada por el cataclismo que remodeló el mundo. Era un agua muy fría, incluso al final del verano, ya que procedía casi totalmente de un glaciar, y también muy pura y cristalina. Cerca de cabaña bajaba con fuerza. Pero la erosión había creado una especie de piscina natural abierta al río en la que se ralentizaba la corriente. Había construido su cabaña en las cercanías por esa razón. Después de acicalarse y limpiar las pieles, las ató a unas varas unidas por el centro mediante un cuerpo central de lana que anudó a su espalda con tiras de cuerda, para que se secaran. El artilugio no funcionaba especialmente bien, pero hacía su tarea.
Recorrió la margen del río visitando los árboles frutales que había, algunos plantados por él. Daban mucha más fruta de la que él necesitaba, así que aún había piezas en distintas fases de maduración. Durante la mañana estuvo recogiendo todo lo que pudo llevar, pero escogiendo sólo las frutas tempranas y maduras.
Ya en su cabaña las distribuyó en esas dos categorías en dos cestos cuyas asas colocó en un rama recta y las ató para que no se cayesen. En su mochila metió algunas pieles para abrigarse y la carne, que ya estaba preparada. Enrolló sobre sí misma una piel larga, de otro ciervo, que serviría para tumbarse sobre ella si tenía que hacer noche en el bosque. Por último, rebuscó entre los laterales de la chimenea, donde había ramas y troncos, hasta que encontró un sable, que metió en el carcaj con las flechas. Recogió su arco y sus cuchillos. Le esperaba un camino conocido y sencillo hasta Hiersju, la Ciudad en el Bosque. Pero después de eso, si encontraba la información que necesitaba, no sabía hasta y hacia donde le llevaría su camino.
Revisó por última vez su cabaña, despidiéndose mentalmente, y le dio la espalda, dejando la puerta abierta. Ni tenía nada que se le pudiera robar ni quien hubiese llegado hasta esa profundidad en el bosque buscaba bienes materiales, sino refugio. Cuando hubo avanzado unas decenas de metros, oyó el suave jadeo de una criatura. El lobo de ayer lo seguía en la distancia. Se sonrió y comenzó a andar con más brío. Tendría compañía hasta su primera parada.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Maldito

-Y entonces, ¡agarró el verde y se largó! ¡¡JAJAJAJAJAJA!! -La cara del hombre se enorjecía cada vez más con cada carcajada. Carcajadas que acompasaba con golpes del puño en la mesa. El público de la taberna se giró para mirar a quien había roto su tranquilidad interrumpiendo la canción que un músico interpretaba con su flauta. Quienes le acompañaban a la mesa se reían con la misma intensidad que quien había hablado-.

Unos momentos después las jarras volvían a golpear las mesas marcando el ritmo de la bebida, ahora más relajado a mitad de la noche. Todos los grupos habían vuelto a sus conversaciones.

-Jan, es increíble que el escudero se marchara así -añadió uno de los cuatro que estaban a la mesa, todavía enjugándose las lágrimas de risa-.

-¡Más increíble es que se diera la vuelta! -Un nuevo ataque de risa, menor que el anterior, coloreó la mejillas de Jan- Pero el pobre imbécil no da para más, demasiado bien se desenvuelve para ser un shpiloi...

Jan tuvo la mala suerte de decir esa palabra justo cuando la melodía llegó a su fin. Varios pares de ojos se giraron hacia él, con miradas que anunciaban un rápido estallido de violencia.

-¡Eh!, que yo sólo digo de donde viene el moz...

-¡Cállate, imbécil! ¿Quieres atraer la mala suerte? -La orden, surgida del fondo de la taberna, se remató con un trozo de manzana que dio en la cara de Jan.

Automáticamente, como si estuviese ensayado, múltiples restos de comida comenzaron a llover sobre Jan y sus compañeros. La multitud los increpaba. Varios hombres y alguna mujer se acercaron y empezaron a empujarles, mandándoles que se fueran. Jan y los suyos, previendo lo que pasaría, acercaron sus manos a las empuñaduras de sus cuchillos mientras formaban un círculo espalda contra espalda. Los gritos empezaban a aumentar su tono y frecuencia. Cada vez había más gente de pie.

La puerta se abrió de golpe y con su ruido llegó el aullido del viento y su frío propio del invierno. Tres guardias entraron y la multitud empezó a calmarse. La guardia de Agra tenía su fama bien merecida. La ciudad era tranquila porque la guardia hacía su trabajo, habitualmente. Pero siempre con una eficiencia que no carecía de la brutalidad necesaria para convencer a los habitantes de cumplir con las ordenanzas del Concejo de regentes. En unos minutos los clientes habían vuelto a sus asuntos y el grupo de Jan apuraba sus bebidas.

-¡Qué asco! -dijo uno sacando un hueso medio roído de su jarra-.

-¡Calla, Tanek! -le reprendió Jan-.

Tanek tiró el hueso al suelo, se bebió lo que quedaba en su jarra, miró a su mesa y dejó varias monedas mientras. Silbó hacia el dueño y las señaló. Este asintió y se dirigió a recogerlas sin decir nada. Los cuatro salieron mientras el resto de clientes fingían ignorarlos. Sabían que de no haber dado la casualidad de que la guardia pasara por allí, ahora estarían luchando para escapar, en el mejor de los casos. Cuando cerraron la puerta, ya fuera del local, la flauta volvió a sonar.
El más alto del grupo agarró a Jan por el cuello de la camisa y lo tiró al suelo.


-¡Forastero, cuida tus palabras! -Aunque antes habría protegido a Jan, ahora su expresión era del más puro desprecio-. No estás en tu bonita ciudad en la que nada tiene consecuencias.
El sureño notó el frío de la humedad a punto de congelarse del suelo en la espalda, lo que le hizo estremecerse. Su compañero, notando el temblor, aflojó su presa.


-¡Oye, lo siento, Movzo! ¡Ha sido una maldita casualidad que la música terminara justo en ese momento! -Tanek le tendió una mano y le ayudó a ponerse de nuevo de pie-. Pero no lo entiendo, ¿por qué esa reacción?

El cuarto miembro, un hombre joven, bajo y barrigón, miró hacia él. Cerró un poco los párpados de sus ojos para enfocar su cara.

-¡No es el sitio ni la hora para hablar de estas cosas! -dijo con un susurro cargado de urgencia. Luego, miró a lado y lado-. ¡Vámonos! -Señaló con la cabeza hacia una de las ventanas de la taberna, desde la que un guardia los miraba atentamente-. No quiero pasar la noche en el calabozo ni que me den una paliza. O algo peor...

Anduvieron por las calles silenciosas de la ciudad. Otros vecinos volvían a sus casas. Algunos arrastrando los pies por el cansancio, otros arrastrando las palabras. El viento, que normalmente se suavizaba por las noches, ganaba violencia conforme pasaban las horas. Llegaron al barco en el que habían venido y buscaron a tientas la escalera que llevaba a la bodega. Los últimos escalones estaban ligeramente iluminados por una débil vela. El olor de la multitud hacinada y los ruidos de los dormidos los recibieron. Por la falta de mantas, los marineros se pegaban unos a otros para darse calor. Quedaba una esquina cerca de una ventana. El resto se habían alejado de ella porque dejaba entrar el aire frío. Los cuatro se recostaron como pudieron y usaron sus capas para protegerse. Sólo quedaba una manta algo raída, que podría haberles servido, pero olía a descomposición y excrementos. Esa noche no consiguieron descansar mucho.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

El atrio en el bosque

Hacía calor. Ya no era verano y la temperatura era agradable, pero hacía calor. A media tarde, los rayos de un sol que atravesaban un cielo despejado, teñían de dorado las cortezas de los árboles y las hojas que comenzaban a adquirir el color del otoño. Los árboles habían crecido altos, las flores perfumaban el sotobosque, los riachuelos transitaban en calma y el viento soplaba en una suave y refrescante brisa. Pero no se oía ningún canto.

Los pájaros guardaban silencio porque habían oído los pasos a la carrera de otros animales. Animales que olían a predadores y que hacían ruidos estridentes. Animales crueles y astutos que sabían cazarlos eficazmente y que no hacían ascos a quedarse con los huevos de sus nidos.
Estos animales estaban luchando. Gruñían, gritaban, gemían de dolor. Se movían en círculos midiéndose e intentado anticipar el golpe del enemigo para apartarse, pararlo y contraatacar. Uno de ellos se acercó al otro, moviéndose hacia su lado izquierdo, provocándolo para que actuase contra un flanco que parecía haber dejado descubierto. El segundo se dio cuenta de sus intenciones y giró sobre sus dos patas, teniendo la espalda de su adversario descubierta. Mecánicamente, como un movimiento practicado cientos de veces, su brazo subió hasta la altura de la cabeza y arrojó su daga, que se clavó en la parte inferior derecha del primero. Este gritó y cayó, llevándose la mano a la herida. Su atacante se acercó cauteloso, directo, pero sin prisa, mientras el caído intentaba ponerse en pié pero volvía a caer por el dolor del acero clavado en sus entrañas. Apoyó su pié en la espalda del caído, dificultando su avance. Con las dos manos agarró firmemente la empuñadura de su espada, alzándola y haciéndola descender rápidamente. La punta entró, pero no limpiamente. En su camino chocó con algún hueso, que desplazó su trayectoria. No sabía si lo había matado, pero sí sabía que su enemigo jamás saldría vivo de ese bosque sin que lo atendiese inmediatamente un buen curandero. En su rostro se formó una sonrisa de suficiencia. Cuando extrajo el arma de la espalda de su contrincante, un chorro de sangre la acompañó en su trayectoria ascendente. El cuerpo caído temblaba, se contorsionaba levemente a la vez que intentaba alejarse reptando poco a poco, palmo a palmo. Viendo el trabajo hecho, se dio la vuelta y comenzó a silbar una melodía saltarina y alegre mientras se alejaba andando a buen paso. La cacería había durado demasiado y estaba a una distancia más que respetable de cualquier pueblo. Comenzar el regreso cuanto antes era imperativo, especialmente abandonar el bosque antes de que anocheciera.

El caído apenas oyó cómo su asesino se alejaba, pues estaba centrado en avanzar y alejarse. Aprovechando un desnivel en el que el terreno descendía, se deslizó, acercándose al riachuelo. Una vez en este, se introdujo en él y utilizó la fuerza del agua para seguir su corriente con menor esfuerzo. Haber aprendido a nadar era algo que ahora le servía. No fue consciente de cuanto avanzó, pero la luz se extinguía. Su mente no sabía si era debido a la pérdida de sangre, las dificultades para respirar o porque anochecía. Realmente no importaba. Quería llegar al centro del bosque, donde habitaban las criaturas siemprejóvenes, quienes ayudaban a los viajeros en problemas. O eso decía la leyenda. No sabía hacia donde avanzaba, sólo se dejaba llevar por la corriente del río. El agua fría le sentaba bien y lo mantenía despierto. En algún momento perdió la conciencia definitivamente, o no fue consciente de un cambio que se había producido muy sutilmente. Conforme seguía siendo arrastrado oía la vibración o el murmullo del bosque. Cada metro, el sonido crecía en intensidad.
Encalló en una pequeña playa de arena gris negruzca. Su color recordaba a la ceniza y el olor era dulzón. Esta tierra mantenía el calor, aunque ya apenas la luz alumbraba. Salió completamente del río utilizando parte de sus últimas fuerzas y ascendió la pequeña cuesta para encontrarse ante un atrio de piedra del color de la arena. También matenía el calor. El murmullo crecía en intensidad, pero lejos de acorbardarlo, lo animaba a seguir. Casi como si fuese una llamada hacia una mano amiga que lo ayudara. Temblaba, pero continuaba avanzando. Gemía de dolor, pero se acercaba a las escaleras del atrio. Ya en la plataforma volvió a perder la conciencia brevemente. Lo despertó el murmullo, que era ensordecedor. La piedra bajo su cuerpo vibraba, transmitiendo su movimiento a su cuerpo. Sabía que tenía que acercarse al centro, donde había un relieve esculpido en el suelo, en una única losa casi completamente blanca. Sabía que tenía que estampar su mano empapada en su propia sangre en el centro del relieve y sabía que eso tendría unas consecuencias para las que no estaba preparado. Lo sabía gracias a la misma certeza que le había llevado al riachuelo y había guiado su nado hasta allí, gracias al mismo conocimiento que se había insertado en su mente de que tenía que seguir al murmullo. La alternativa era la muerte. Dejar un cadáver en el bosque que sería el alimento de hongos, plantas y animales, y que nadie descubriría. Supondrían, con el tiempo, que había muerto, pero nadie lo sabría. Y nadie lo hallaría ni lo lloraría. Nadie se compadecería de su mala suerte ni de su vida desperdiciada. Nadie lo echaría de menos.

Su mano golpeó el centro del relieve y el murmullo y la vibración desaparecieron. Sólo había un cadáver en un podio de piedra gris justo en la losa blanca central. La luna hacía brillar el rastro de sangre que había sido su camino. Entonces, despertó.

martes, 21 de enero de 2025

El segundo Doctor

Esta entrada tratará acerca del segundo Doctor Who. Durante sesenta años, la serie ha cambiado, principalmente los ayudantes del Doctor, pero éste también ha ido cambiando.

Si con William Hartnell conocimos al Doctor que destacaba por su fina ironía y por sentirse abandonado con facilidad, ahora Patrick Troughton nos muestra otra personalidad distinta, pero también llamativa de este viajero del tiempo y las dimensiones relativas en el espacio.

Advierto fuertemente: habrá spoilers en los siguientes párrafos.

Advierto fuertemente (de nuevo): a continuación aparecen unos resúmenes muy breves de los seriales, si queréis saltar a las conclusiones, bajad casi hasta el final de la entrada.

viernes, 27 de diciembre de 2024

Cancelaciones

Otro pesado más hablando del tema. Porque, ¿quién no tiene una opinión que compartir y las ganas suficientes de dejarla plasmada para que todo el mundo sepa lo inteligente que es quien la publica? Así que aquí queda la mía. Algo inaudito, algo que no deberíais de perderos.

 


martes, 30 de julio de 2024

El primer doctor

Gracias al podcast Luces en el Horizonte, descubrí la serie Doctor Who. En tres capítulos especiales trataban las temporadas nuevas de la serie. Y ahí supe que me llamaba la atención. Por lo que hice una pequeña búsqueda de información y supe que la serie había comenzado en los años 60.

Siendo como soy, tuve que empezar desde el inicio: viendo la serie original en blanco y negro de 1963.


jueves, 15 de febrero de 2024

Corrientes de Cambio de Ediciones Dorna

 ¿Y si no todo estuviese determinado? ¿Y si, entre los rescoldos casi fríos del pasado y el calor de un presente condicionado por el cambio climático, se abriese un lugar para la esperanza? ¿Y si, al final de todo, todavía podemos pensar en el final del capitalismo antes del fin del mundo?

Ediciones Dorna nos presenta aquí un compendio de relatos que imaginan un futuro en el que ya ha pasado el cambio climático y estamos viviendo sus consecuencias. A veces realistas, a veces fantasiosas. No necesariamente malas. Muchas de ellas para nada buenas.

martes, 8 de agosto de 2023

Salem's Lot

Casi todos nos fascinamos con los vampiros. A casi todos nos parecen personajes interesantes. Como narrador de Vampiro: La Mascarada, es uno de los personajes mitológicos que más me interesan. Pero el juego de rol tiene poco que ver con la novela de Bram Stoker. King hace una revisión del mito mucho más cercana y que puede ser usada para ambientar algunas partidas interesantes.

 


martes, 9 de enero de 2018

Nunca pondré una Tarjeta X en mi mesa

El tema parece haber incendiado las redes sociales, con grandes defensores y detractores de la dichosa tarjeta. Como uno más, voy a dar mi opinión, que ya podéis imaginárosla y, como siempre, la caja de comentarios está abierta para quien quiera pasarse a razonar. El troleo no estará permitido, pero si tenéis opiniones distintas a la mía, por favor hacédmelas saber. Empezamos.

jueves, 13 de abril de 2017

Nuevo escenario geopolítico

Aunque ha pasado mucho tiempo desde mi última entrada, el blog sigue en activo. Tendréis que disculparme, una de las cosas que no me sobran es tiempo. Pero tampoco vengo aquí a contaros mi vida. Así que, nada, vamos al lío.