-Y entonces, ¡agarró el verde y se largó! ¡¡JAJAJAJAJAJA!! -La cara del hombre se enorjecía cada vez más con cada carcajada. Carcajadas que acompasaba con golpes del puño en la mesa. El público de la taberna se giró para mirar a quien había roto su tranquilidad interrumpiendo la canción que un músico interpretaba con su flauta. Quienes le acompañaban a la mesa se reían con la misma intensidad que quien había hablado-.
Unos momentos después las jarras volvían a golpear las mesas marcando el ritmo de la bebida, ahora más relajado a mitad de la noche. Todos los grupos habían vuelto a sus conversaciones.
-Jan, es increíble que el escudero se marchara así -añadió uno de los cuatro que estaban a la mesa, todavía enjugándose las lágrimas de risa-.
-¡Más increíble es que se diera la vuelta! -Un nuevo ataque de risa, menor que el anterior, coloreó la mejillas de Jan- Pero el pobre imbécil no da para más, demasiado bien se desenvuelve para ser un shpiloi...
Jan tuvo la mala suerte de decir esa palabra justo cuando la melodía llegó a su fin. Varios pares de ojos se giraron hacia él, con miradas que anunciaban un rápido estallido de violencia.
-¡Eh!, que yo sólo digo de donde viene el moz...
-¡Cállate, imbécil! ¿Quieres atraer la mala suerte? -La orden, surgida del fondo de la taberna, se remató con un trozo de manzana que dio en la cara de Jan.
Automáticamente, como si estuviese ensayado, múltiples restos de comida comenzaron a llover sobre Jan y sus compañeros. La multitud los increpaba. Varios hombres y alguna mujer se acercaron y empezaron a empujarles, mandándoles que se fueran. Jan y los suyos, previendo lo que pasaría, acercaron sus manos a las empuñaduras de sus cuchillos mientras formaban un círculo espalda contra espalda. Los gritos empezaban a aumentar su tono y frecuencia. Cada vez había más gente de pie.
La puerta se abrió de golpe y con su ruido llegó el aullido del viento y su frío propio del invierno. Tres guardias entraron y la multitud empezó a calmarse. La guardia de Agra tenía su fama bien merecida. La ciudad era tranquila porque la guardia hacía su trabajo, habitualmente. Pero siempre con una eficiencia que no carecía de la brutalidad necesaria para convencer a los habitantes de cumplir con las ordenanzas del Concejo de regentes. En unos minutos los clientes habían vuelto a sus asuntos y el grupo de Jan apuraba sus bebidas.
-¡Qué asco! -dijo uno sacando un hueso medio roído de su jarra-.
-¡Calla, Tanek! -le reprendió Jan-.
Tanek tiró el hueso al suelo, se bebió lo que quedaba en su jarra, miró a su mesa y dejó varias monedas mientras. Silbó hacia el dueño y las señaló. Este asintió y se dirigió a recogerlas sin decir nada. Los cuatro salieron mientras el resto de clientes fingían ignorarlos. Sabían que de no haber dado la casualidad de que la guardia pasara por allí, ahora estarían luchando para escapar, en el mejor de los casos. Cuando cerraron la puerta, ya fuera del local, la flauta volvió a sonar.
El más alto del grupo agarró a Jan por el cuello de la camisa y lo tiró al suelo.
-¡Forastero, cuida tus palabras! -Aunque antes habría protegido a Jan, ahora su expresión era del más puro desprecio-. No estás en tu bonita ciudad en la que nada tiene consecuencias.
El sureño notó el frío de la humedad a punto de congelarse del suelo en la espalda, lo que le hizo estremecerse. Su compañero, notando el temblor, aflojó su presa.
-¡Oye, lo siento, Movzo! ¡Ha sido una maldita casualidad que la música terminara justo en ese momento! -Tanek le tendió una mano y le ayudó a ponerse de nuevo de pie-. Pero no lo entiendo, ¿por qué esa reacción?
El cuarto miembro, un hombre joven, bajo y barrigón, miró hacia él. Cerró un poco los párpados de sus ojos para enfocar su cara.
-¡No es el sitio ni la hora para hablar de estas cosas! -dijo con un susurro cargado de urgencia. Luego, miró a lado y lado-. ¡Vámonos! -Señaló con la cabeza hacia una de las ventanas de la taberna, desde la que un guardia los miraba atentamente-. No quiero pasar la noche en el calabozo ni que me den una paliza. O algo peor...
Anduvieron por las calles silenciosas de la ciudad. Otros vecinos volvían a sus casas. Algunos arrastrando los pies por el cansancio, otros arrastrando las palabras. El viento, que normalmente se suavizaba por las noches, ganaba violencia conforme pasaban las horas. Llegaron al barco en el que habían venido y buscaron a tientas la escalera que llevaba a la bodega. Los últimos escalones estaban ligeramente iluminados por una débil vela. El olor de la multitud hacinada y los ruidos de los dormidos los recibieron. Por la falta de mantas, los marineros se pegaban unos a otros para darse calor. Quedaba una esquina cerca de una ventana. El resto se habían alejado de ella porque dejaba entrar el aire frío. Los cuatro se recostaron como pudieron y usaron sus capas para protegerse. Sólo quedaba una manta algo raída, que podría haberles servido, pero olía a descomposición y excrementos. Esa noche no consiguieron descansar mucho.
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