Hacía calor. Ya no era verano y la temperatura era agradable, pero hacía calor. A media tarde, los rayos de un sol que atravesaban un cielo despejado, teñían de dorado las cortezas de los árboles y las hojas que comenzaban a adquirir el color del otoño. Los árboles habían crecido altos, las flores perfumaban el sotobosque, los riachuelos transitaban en calma y el viento soplaba en una suave y refrescante brisa. Pero no se oía ningún canto.
Los
pájaros guardaban silencio porque habían oído los pasos a la carrera de
otros animales. Animales que olían a predadores y que hacían ruidos
estridentes. Animales crueles y astutos que sabían cazarlos eficazmente y
que no hacían ascos a quedarse con los huevos de sus nidos.
Estos
animales estaban luchando. Gruñían, gritaban, gemían de dolor. Se movían
en círculos midiéndose e intentado anticipar el golpe del enemigo para
apartarse, pararlo y contraatacar. Uno de ellos se acercó al otro,
moviéndose hacia su lado izquierdo, provocándolo para que actuase contra
un flanco que parecía haber dejado descubierto. El segundo se dio
cuenta de sus intenciones y giró sobre sus dos patas, teniendo la
espalda de su adversario descubierta. Mecánicamente, como un movimiento
practicado cientos de veces, su brazo subió hasta la altura de la cabeza
y arrojó su daga, que se clavó en la parte inferior derecha del
primero. Este gritó y cayó, llevándose la mano a la herida. Su atacante
se acercó cauteloso, directo, pero sin prisa, mientras el caído
intentaba ponerse en pié pero volvía a caer por el dolor del acero
clavado en sus entrañas. Apoyó su pié en la espalda del caído,
dificultando su avance. Con las dos manos agarró firmemente la
empuñadura de su espada, alzándola y haciéndola descender rápidamente.
La punta entró, pero no limpiamente. En su camino chocó con algún hueso,
que desplazó su trayectoria. No sabía si lo había matado, pero sí sabía
que su enemigo jamás saldría vivo de ese bosque sin que lo atendiese
inmediatamente un buen curandero. En su rostro se formó una sonrisa de
suficiencia. Cuando extrajo el arma de la espalda de su contrincante, un
chorro de sangre la acompañó en su trayectoria ascendente. El cuerpo
caído temblaba, se contorsionaba levemente a la vez que intentaba
alejarse reptando poco a poco, palmo a palmo. Viendo el trabajo hecho,
se dio la vuelta y comenzó a silbar una melodía saltarina y alegre
mientras se alejaba andando a buen paso. La cacería había durado
demasiado y estaba a una distancia más que respetable de cualquier
pueblo. Comenzar el regreso cuanto antes era imperativo, especialmente
abandonar el bosque antes de que anocheciera.
El
caído apenas oyó cómo su asesino se alejaba, pues estaba centrado en
avanzar y alejarse. Aprovechando un desnivel en el que el terreno
descendía, se deslizó, acercándose al riachuelo. Una vez en este, se
introdujo en él y utilizó la fuerza del agua para seguir su corriente
con menor esfuerzo. Haber aprendido a nadar era algo que ahora le
servía. No fue consciente de cuanto avanzó, pero la luz se extinguía. Su
mente no sabía si era debido a la pérdida de sangre, las dificultades
para respirar o porque anochecía. Realmente no importaba. Quería llegar
al centro del bosque, donde habitaban las criaturas siemprejóvenes,
quienes ayudaban a los viajeros en problemas. O eso decía la leyenda. No
sabía hacia donde avanzaba, sólo se dejaba llevar por la corriente del
río. El agua fría le sentaba bien y lo mantenía despierto. En algún
momento perdió la conciencia definitivamente, o no fue consciente de un
cambio que se había producido muy sutilmente. Conforme seguía siendo
arrastrado oía la vibración o el murmullo del bosque. Cada metro, el
sonido crecía en intensidad.
Encalló en una pequeña playa de arena
gris negruzca. Su color recordaba a la ceniza y el olor era dulzón. Esta
tierra mantenía el calor, aunque ya apenas la luz alumbraba. Salió
completamente del río utilizando parte de sus últimas fuerzas y ascendió
la pequeña cuesta para encontrarse ante un atrio de piedra del color de
la arena. También matenía el calor. El murmullo crecía en intensidad,
pero lejos de acorbardarlo, lo animaba a seguir. Casi como si fuese una
llamada hacia una mano amiga que lo ayudara. Temblaba, pero continuaba
avanzando. Gemía de dolor, pero se acercaba a las escaleras del atrio.
Ya en la plataforma volvió a perder la conciencia brevemente. Lo
despertó el murmullo, que era ensordecedor. La piedra bajo su cuerpo
vibraba, transmitiendo su movimiento a su cuerpo. Sabía que tenía que
acercarse al centro, donde había un relieve esculpido en el suelo, en
una única losa casi completamente blanca. Sabía que tenía que estampar
su mano empapada en su propia sangre en el centro del relieve y sabía
que eso tendría unas consecuencias para las que no estaba preparado. Lo
sabía gracias a la misma certeza que le había llevado al riachuelo y
había guiado su nado hasta allí, gracias al mismo conocimiento que se
había insertado en su mente de que tenía que seguir al murmullo. La
alternativa era la muerte. Dejar un cadáver en el bosque que sería el
alimento de hongos, plantas y animales, y que nadie descubriría.
Supondrían, con el tiempo, que había muerto, pero nadie lo sabría. Y
nadie lo hallaría ni lo lloraría. Nadie se compadecería de su mala
suerte ni de su vida desperdiciada. Nadie lo echaría de menos.
Su mano golpeó el centro del relieve y el murmullo y la vibración desaparecieron. Sólo había un cadáver en un podio de piedra gris justo en la losa blanca central. La luna hacía brillar el rastro de sangre que había sido su camino. Entonces, despertó.
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