Otro pesado más hablando del tema. Porque, ¿quién no tiene una opinión que compartir y las ganas suficientes de dejarla plasmada para que todo el mundo sepa lo inteligente que es quien la publica? Así que aquí queda la mía. Algo inaudito, algo que no deberíais de perderos.
Y es que, con los sucesos actuales, todos pensamos ciertas cosas. Bueno, todos no, hay quien no ha pensado nada más allá de lo que pensaba antes. La DANA ha dejado al descubierto muchas verdades mientras encubre otras. Sin entrar en la política seria y profesional, quedándonos en la política de andar por casa, la de verdad, la que se hace entre vecinos, nos deja ver las miserias de quienes tenemos al lado. Y, por favor, entiéndase esto en sus justos términos. Escribo desde muy lejos de Valencia y no tengo familia allí. Y me refiero con mis palabras a personas que tampoco viven allí.
Entrando en detalle, me refiero a un creador de contenido de entretenimiento que ha mostrado su apoyo, públicamente y en el peor momento posible, a Iker Jiménez. Así que sí, esto será otro tostón escrito por alguien que no tiene apenas importancia y, más bien, para sí mismo. Enhorabuena, estimadísimo lector, has llegado al blog de divagaciones de alguien irrelevante.
En ningún caso diré a quien me refiero. Es una cuestión de respeto: esa persona me ha hecho pasar muy buenos momentos con sus creaciones y me ha acompañado en los malos. No se merece que la destripe públicamente (aunque esto no tenga repercusión, que, por suerte, no la tendrá). Otra cuestión es que uno no ataca a sus iguales. A Iker le pueden hacer puñetas por mi parte y de mi parte. Pero no ataco a quien podría ser mi vecino. De todas formas da igual, no lo leerá. Pero yo me quedo más a gusto.
La DANA de Valencia de 2024 ha dejado una ciudad anegada y más de doscientos fallecidos. Y miles de millones en reparaciones. Es una catástrofe, se mire por donde se mire. Ante esta desgracia, los buitres, como siempre, fueron los primeros en llegar. Aprovechados de toda estirpe y calaña, vividores de profesión, enhebradores de desgracias, mentirosos todos ellos. Compiten en miseria humana e indignidad. Todos sabéis de quien hablo. Y, entre ellos, los incendiarios. Aquellos que están deseando que todo arda por alguna pulsión inconfesable nacida de su propia sobrevaloración, de su misantropía, de su codicia o de todo a la vez. Y acercando el plano, un licenciado en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. En teoría y por título, un periodista. Por profesión un chapucero, puesto que dio información sin contrastar que, a la postre, se ha demostrado falsa (muy, muy falsa. Muy falsa). Alguien que se rodea, al menos en redes sociales, de fascistas a falta de un par de patatas para juntar el kilo que buscan un líder, alguien a partir del cual crear un sentido común que legitime su fanatismo. Y, no nos engañemos, cuando este sujeto recomienda leer a otros de este jaez, es porque se siente cómodo e identificado con ellos. ¿O acaso recomendaríais leer algo a lo que le dais valor?
Más, si cabe, cuando este niño, que no deja de berrear con la llegada de un lobo que no existe, invita a su propio programa a personas a quienes les parecería bien exterminar todo Oriente Medio (aunque después este sujeto haya dicho que sólo a los terroristas). Alguien con estas prácticas y amigos sólo puede ser definido como peligroso, como extremista, como incendiario, como manipulador, como intoxicador, como un jodido facha. En otros ambientes, discutimos si queréis, pero a quien se junta con fachas, promociona a fachas y es aclamado por fachas, en mi casa lo llamamos facha.
Si esto ha quedado claro, ahora vamos a la segunda parte. Estamos hablando de un comunicador que cuenta con, al menos, varios cientos de miles de seguidores en España. Es imposible que todos ellos compartan sus ideas. Pero ahí siguen, semana tras semana, escuchando y defendiendo su labor. Y no digo que en sus inicios, este intoxicador no hiciera un trabajo interesante. Se le reconoce la inteligencia al ocupar un espacio vacío (un programa sobre cuestiones sobrenaturales) y hacerse el dueño y señor de esa audiencia. Sin lugar a dudas una porción significativa de sus seguidores no comparten sus ideas. Es más, es seguro que una parte importante ni siquiera es consciente de que este tertuliano digievolucionado tiene ideas políticas (ni ellos mismos tampoco). La vinculación se hace a través de un interés común: los temas sobrenaturales, las conspiraciones, los escatológicos. Posteriormente se crea audiencia dando una identidad a los seguidores y, ahí, la cosa se transforma en algo sentimental. En una relación entre el charlatán y el seguidor ya es personal. Y cuando algo es personal, se acaba la objetividad.
No dudo de las buenas intenciones de este creador de contenido que me ha decepcionado. Sólo pretende defender aquello que le hace sentir bien, sólo cree que está recompensando la labor de su gurú. No es consciente, ni por un momento, de que cuando su gurú habla, no lo está haciendo para él, sino para los descerebrados que están dispuestos a auparle. Y esta es la gran tragedia, que ya intuía otra persona (Mandel): el mensaje del intoxicador nunca tuvo como objetivo llegar a este tipo de personas salvo como un medio. Pretendía crear un altavoz de seguidores lo suficientemente grande como para servir de punto de referencia a otra audiencia, a la extremista. Y, dependiendo de su inteligencia, cuando esto ha ocurrido, despreciará a esa otra audiencia o intentará seguir engatusándola. Eso ahora mismo me da igual.
Lo que no me da igual es que el creador de contenido no es consciente de que está haciendo lo mismo. A lo largo de varios años su perspectiva ha hecho que pierda por completo la dirección política. Es una veleta girando sobre sí misma porque no es capaz de identificar nada. Sus propias creaciones están llenándose de fachas y no es capaz de percibirlo. Cree que ese público mantendrá su comportamiento si es cuestionado o puesto en entredicho. Así, poco a poco, los fachas que lo rodean expulsan a otras personas que participaban de ese espacio, dejando sólo a los suyos y a quienes no les cuestionan. Si en algún momento el creador de contenido fuese consciente de esto y quisiera ponerle remedio, una vez superado el punto de no retorno, será imposible.
Nuestro agradable creador de contenido ya ha rebasado ese punto. Las personas democráticas y dentro de ellas las de izquierda hemos empezado a irnos. Es una cuestión personal, ojo. No pretendo decir qué debe hacer cada uno, sino explicar por qué lo hago yo. En mi caso, me niego a compartir espacios con este tipo de personas, sobre todo cuando quien debería invitarles a irse, el creador de contenido, los acoge. Los acoge por un cándido sentimiento de inclusión, por creer que incluso hay que tolerar a los intolerantes, por creer que arte y política son ámbitos distintos y con límites evidentes. Lo cree, en definitiva, por desconocimiento. Un desconocimiento al que no pretender renunciar. Y no es que yo sea una persona con una mente privilegiada. No lo soy. Lo que es evidente es que permitir la entrada a los reaccionarios tiene consecuencias. Y este creador de contenidos las sufrirá.
Ojalá tenga mucha suerte y se dé cuenta rápidamente de en lo que se está convirtiendo su espacio. Por desgracia, no sabré si ha cambiado algo. Porque he dejado de seguir sus publicaciones y utilizaré sus programas como una lista de películas que ver, de libros que leer, de música que escuchar. Pero la interacción, por mi parte, ha acabado.
Fuentes de las imágenes:

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