Conocía el bosque como una extensión más de su propio ser porque lo había habitado durante larguísimos años. Había visto a decenas de árboles nacer, crecer y morir. Su propia vida estaba ya en su otoño, pero aún le quedaban fuerzas suficientes como para habitar en solitario, sin buscar la ayuda de los suyos. Por eso estaba cazando. Necesitaba alimentarse y demostrarse a sí mismo que podía hacerlo como cuando era más joven. En los últimos años esa duda había ganado cada vez más peso y se negaba a aceptar que, tarde o temprano, tendría que darle la razón. Pero no hoy.
Anduvo rastreando a su presa las dos horas anteriores. Como había aprendido, poco a poco y metódicamente. Las prisas llevan a la precipitación, y ésta a los errores. Sus pasos habían sido calculados para hacer el menor ruido posible, acompañando a la suave brisa para que ocultase la mayor parte del sonido. Se había puesto en dirección contraria al viento para que el ciervo no percibiese su olor. El cuchillo, al lanzarlo, podía causar sufrimiento al animal, en caso de producir una herida normal, que no acabaría con su vida inmediatamente. El animal huiría y seguramente lo perdería. El arco podía hacer ruido y, mientras apuntaba, el animal podía moverse, teniendo que empezar el proceso casi desde su inicio. Finalmente se decidió por el arco. Volvió a moverse. Recalculó la trayectoria a la vez que tensaba el arco. Esperó. Esperó. Sus brazos y su espalda comenzaron a notar el esfuerzo. Esperó. Vio el momento y dejó que sus dedos liberasen la tensión de la cuerda. La flecha se introdujo por el pecho, llegando al corazón. La bestia se desplomó inmediatamente, sin darse cuenta de lo que había ocurrido. Se acercó despacio, respetando los últimos momentos de la conciencia del animal. Su alma debía partir sin sobresalto para aumentar el peso de la balanza de la paz. Los espíritus de las vidas que se acababan podían partir violentamente, aumentando el conflicto en el mundo, o hacerlo sin ser agredidos o incomodados; esas eran las creencias de su pueblo.
El espíritu se separó del cuerpo con tranquilidad. Eso era buena señal. Si no tenía prisa por partir, el espíritu asumía el cambio en su estado. Tampoco era bueno que se demorase en salir, pues indicaría que no aceptaba su nueva realidad. Pareció mirar el cuerpo que lo había albergado durante sus años de vida y comenzó a descender, hundiéndose en la tierra como si esta lo disolviera.
A medio camino de su incorporación al suelo, comenzó a difuminarse. O más bien a perder intensidad. Esto sobresaltó al cazador. Una parte de la luz que componía el espíritu comenzó a moverse en otra dirección. Una pequeña y esquiva bola de luz que eludía árboles y ascendía por las numerosas irregularidades del terreno. Se acercó al cuerpo y dio un agradecimiento rápido por la vida quitada. Este suceso no era nada habitual y no podía dedicarse a tratar el cuerpo del ciervo en ese momento.
Siguió a la luz. La intensidad del sol de la tarde, con sus numerosos brillos no facilitaba la tarea. Pero la trayectoria del fulgor era todo lo rectilínea que se podía esperar moviéndose por un bosque, por lo que era sencillo reencontrarla cuando se perdía. Trotaba siguiendo la parte del espíritu que se escapaba. Avanzaba sobre pequeñas elevaciones y hundimientos del terreno, pero descendiendo una de las laderas que formaban ese bosque. El camino de la luz, si no se desviaba, la llevaría a una pared de roca prácticamente vertical de varios metros que caía hasta piedras puntiagudas que sobresalían por encima del curso de un río recién nacido. El cazador no necesitaba pensar para saber que, de llegar hasta allí, no podría seguirla. Continuó esta persecución hasta el lugar que el cazador había previsto. La luz descendió la pared de manera casi perpendicular y atravesó el río por su superficie. Aunque su corriente la desplazó varios metros siguiendo su curso. Luego comenzó a ascender por la pared opuesta, ya recuperada la trayectoria original. La vio alejarse, destacando sobre la roca oscura hasta que llegó al nivel superior. Entonces la perdió de vista.
Una hora después había llegado al lugar donde había abatido al ciervo. Volvió ensimismado, sin prestar atención a su entorno. Lo que había presenciado, nunca lo había visto. No sabía qué era ni cómo funcionaba. La magia que estaba haciendo eso, puesto que no era el funcionamiento habitual del proceso, y no podía hacerse por medios mecánicos, debía ser poderosa. Desde luego mucho más que la él conocía. Debía buscar a alguien que pudiese informarle. Cavilaba su próximo paso cuando un gruñido grave lo sacó de sus reflexiones. Aprovechando el ciervo muerto, un lobo solitario había llegado atraído por u olor. Su pelaje mostraba tonos y mechones grisáceos, por lo que sabía que era un anciano. Casi su equivalente. Se acercó mientras la bestia lo miraba con la cabeza gacha enseñando los dientes. Se puso en tensión, preparado para saltar y atacar a un posible competidor por su comida, uno que no había hecho caso a su gruñido.
El cazador comenzó a acercarse describiendo una espiral que se cerraba sobre el lobo. Buscaba el lugar más propicio para saltar sobre él. Sólo tendría una oportunidad, por lo que era imprescindible aprovecharla. También comenzó a gruñir, imitando al lobo. Al principio se distinguía su voz de la del animal, pero progresivamente fue acoplando su tono y haciéndose indistinguible. Le estaba provocando mientras seguía rodeándolo y acercándose.
Cuando estuvo a menos de dos metros, el lobo se le acercó bruscamente, lanzando un bocado al aire. Una última advertencia para que se alejara. Los dos seguían girando. Avanzando. Aproximándose poco a poco. Entonces el cazador lo notó bajo sus pies: una pequeña elevación del terreno que le permitiría impulsarse. Flexionó un poco las piernas mientras extendía su brazo derecho bruscamente. Había atraído la atención del lobo hacia ese lado. Fue una fracción de segundo, pero fue suficiente. Saltó, cayendo sobre su lomo. Con movimientos aprendidos y precisos se enroscó en su espalda. Con sus brazos y piernas trabó las patas del animal, mientras con una mano libre dirigía su cabeza hacia arriba, evitando que lo golpeara con un movimiento brusco. El cazador animal estaba completamente indefenso. Se revolvió, porque en su espíritu no estaba aceptar la derrota. Gruñía, lloraba. Intentaba soltarse moviendo las patas, retorciendo la cabeza. Trataba de morderlo, pero le costaba abrir la boca por la posición forzada a la que estaba sometido. No podía escapar y lo sabía, y su frustración y miedo lo gobernaban. Empezó a susurrarle al oído una especie de canción y el lobo fue calmándose poco a poco. Seguía gruñendo y llorando, pero poco a poco adoptó un tono y ritmo menores. Después de varios minutos de repetir el mantra, el lobo se relajó completamente. Lo soltó y este se tumbó.
Comenzó a limpiar el cuerpo del ciervo, quitando apresuradamente las partes que podría conservar de manera más rápida. La luz moría y volver a casa sería más lento entonces. Mientras lo veía operar, el lobo lloraba por no poder comer. Más teatro que frustración real. Él se sonreía comedidamente. Cuando había cogido las partes que le interesaban y las hubo guardado en varias tiras de cuero que depositó en la bolsa que llevaba anudada a su espalda se situó al otro lado del cuerpo del ciervo, dejando éste entre el lobo y él mismo. Susurró otra palabra y el lobo se levantó y comenzó a devorar con fruición el cuerpo del ciervo. Había más que suficiente para que el lobo se saciara.
Comenzó a andar de vuelta a su casa, una choza construida con cortezas de los árboles como techo y troncos recubiertos de tierra en la que crecía el musgo, de un verde brillantísimo, incluso a en la noche. De una chimenea hecha con piedras alineadas salía una fina columna de humo. Entró, notando el agradable calor de su hogar. Con un chasquido de los dedos encendió las velas, iluminando el interior. Sin dejar escapar ni un instante, se dedicó a preparar la carne, cortándola en tiras muy finas y poniéndolas sobre una piedra que estaba sobre el fuego, con el objetivo de secarlas rápidamente. No sería la mejor cecina que hubiese hecho, pero la necesitaba rápidamente. Situó otra piedra plan encima, presionando la carne. Las tiras dejaron escapar sus jugos sobre las brasas, haciéndolas crepitar. Ese sonido se mantendría durante un tiempo largo. El cazador dispersó las brasas, se desnudó y se recostó en su lecho, cubriéndose con varias mantas de lana y una piel de cabra montesa.
Despertó poco antes del amanecer. Se vistió y revisó la carne. Prácticamente estaba lista. No duraría en buen estado tanto como la hecha poco a poco, pero eso tenía una solución sencilla. Añadió algunas ramas más y movió las brasas para que el calor fuese uniforme y reducido. No quería que se quemara la carne, sino que terminara su proceso a fuego lento. Recogió la mochila y se dirigió a un río próximo, donde lavó los trozos de cuero aprovechando su baño matutino. El agua del riachuelo procedía de las montañas que había al norte y se incorporaba, junto con otros, al curso del Vanri, que llegaba al mar casi directamente, bordeando las ruinas de Ersika. Aunque él era viejo, no había conocido esta ciudad antes de haber sido asolada por el cataclismo que remodeló el mundo. Era un agua muy fría, incluso al final del verano, ya que procedía casi totalmente de un glaciar, y también muy pura y cristalina. Cerca de cabaña bajaba con fuerza. Pero la erosión había creado una especie de piscina natural abierta al río en la que se ralentizaba la corriente. Había construido su cabaña en las cercanías por esa razón. Después de acicalarse y limpiar las pieles, las ató a unas varas unidas por el centro mediante un cuerpo central de lana que anudó a su espalda con tiras de cuerda, para que se secaran. El artilugio no funcionaba especialmente bien, pero hacía su tarea.
Recorrió la margen del río visitando los árboles frutales que había, algunos plantados por él. Daban mucha más fruta de la que él necesitaba, así que aún había piezas en distintas fases de maduración. Durante la mañana estuvo recogiendo todo lo que pudo llevar, pero escogiendo sólo las frutas tempranas y maduras.
Ya en su cabaña las distribuyó en esas dos categorías en dos cestos cuyas asas colocó en un rama recta y las ató para que no se cayesen. En su mochila metió algunas pieles para abrigarse y la carne, que ya estaba preparada. Enrolló sobre sí misma una piel larga, de otro ciervo, que serviría para tumbarse sobre ella si tenía que hacer noche en el bosque. Por último, rebuscó entre los laterales de la chimenea, donde había ramas y troncos, hasta que encontró un sable, que metió en el carcaj con las flechas. Recogió su arco y sus cuchillos. Le esperaba un camino conocido y sencillo hasta Hiersju, la Ciudad en el Bosque. Pero después de eso, si encontraba la información que necesitaba, no sabía hasta y hacia donde le llevaría su camino.
Revisó por última vez su cabaña, despidiéndose mentalmente, y le dio la espalda, dejando la puerta abierta. Ni tenía nada que se le pudiera robar ni quien hubiese llegado hasta esa profundidad en el bosque buscaba bienes materiales, sino refugio. Cuando hubo avanzado unas decenas de metros, oyó el suave jadeo de una criatura. El lobo de ayer lo seguía en la distancia. Se sonrió y comenzó a andar con más brío. Tendría compañía hasta su primera parada.
