miércoles, 19 de noviembre de 2025

El atrio en el bosque

Hacía calor. Ya no era verano y la temperatura era agradable, pero hacía calor. A media tarde, los rayos de un sol que atravesaban un cielo despejado, teñían de dorado las cortezas de los árboles y las hojas que comenzaban a adquirir el color del otoño. Los árboles habían crecido altos, las flores perfumaban el sotobosque, los riachuelos transitaban en calma y el viento soplaba en una suave y refrescante brisa. Pero no se oía ningún canto.

Los pájaros guardaban silencio porque habían oído los pasos a la carrera de otros animales. Animales que olían a predadores y que hacían ruidos estridentes. Animales crueles y astutos que sabían cazarlos eficazmente y que no hacían ascos a quedarse con los huevos de sus nidos.
Estos animales estaban luchando. Gruñían, gritaban, gemían de dolor. Se movían en círculos midiéndose e intentado anticipar el golpe del enemigo para apartarse, pararlo y contraatacar. Uno de ellos se acercó al otro, moviéndose hacia su lado izquierdo, provocándolo para que actuase contra un flanco que parecía haber dejado descubierto. El segundo se dio cuenta de sus intenciones y giró sobre sus dos patas, teniendo la espalda de su adversario descubierta. Mecánicamente, como un movimiento practicado cientos de veces, su brazo subió hasta la altura de la cabeza y arrojó su daga, que se clavó en la parte inferior derecha del primero. Este gritó y cayó, llevándose la mano a la herida. Su atacante se acercó cauteloso, directo, pero sin prisa, mientras el caído intentaba ponerse en pié pero volvía a caer por el dolor del acero clavado en sus entrañas. Apoyó su pié en la espalda del caído, dificultando su avance. Con las dos manos agarró firmemente la empuñadura de su espada, alzándola y haciéndola descender rápidamente. La punta entró, pero no limpiamente. En su camino chocó con algún hueso, que desplazó su trayectoria. No sabía si lo había matado, pero sí sabía que su enemigo jamás saldría vivo de ese bosque sin que lo atendiese inmediatamente un buen curandero. En su rostro se formó una sonrisa de suficiencia. Cuando extrajo el arma de la espalda de su contrincante, un chorro de sangre la acompañó en su trayectoria ascendente. El cuerpo caído temblaba, se contorsionaba levemente a la vez que intentaba alejarse reptando poco a poco, palmo a palmo. Viendo el trabajo hecho, se dio la vuelta y comenzó a silbar una melodía saltarina y alegre mientras se alejaba andando a buen paso. La cacería había durado demasiado y estaba a una distancia más que respetable de cualquier pueblo. Comenzar el regreso cuanto antes era imperativo, especialmente abandonar el bosque antes de que anocheciera.

El caído apenas oyó cómo su asesino se alejaba, pues estaba centrado en avanzar y alejarse. Aprovechando un desnivel en el que el terreno descendía, se deslizó, acercándose al riachuelo. Una vez en este, se introdujo en él y utilizó la fuerza del agua para seguir su corriente con menor esfuerzo. Haber aprendido a nadar era algo que ahora le servía. No fue consciente de cuanto avanzó, pero la luz se extinguía. Su mente no sabía si era debido a la pérdida de sangre, las dificultades para respirar o porque anochecía. Realmente no importaba. Quería llegar al centro del bosque, donde habitaban las criaturas siemprejóvenes, quienes ayudaban a los viajeros en problemas. O eso decía la leyenda. No sabía hacia donde avanzaba, sólo se dejaba llevar por la corriente del río. El agua fría le sentaba bien y lo mantenía despierto. En algún momento perdió la conciencia definitivamente, o no fue consciente de un cambio que se había producido muy sutilmente. Conforme seguía siendo arrastrado oía la vibración o el murmullo del bosque. Cada metro, el sonido crecía en intensidad.
Encalló en una pequeña playa de arena gris negruzca. Su color recordaba a la ceniza y el olor era dulzón. Esta tierra mantenía el calor, aunque ya apenas la luz alumbraba. Salió completamente del río utilizando parte de sus últimas fuerzas y ascendió la pequeña cuesta para encontrarse ante un atrio de piedra del color de la arena. También matenía el calor. El murmullo crecía en intensidad, pero lejos de acorbardarlo, lo animaba a seguir. Casi como si fuese una llamada hacia una mano amiga que lo ayudara. Temblaba, pero continuaba avanzando. Gemía de dolor, pero se acercaba a las escaleras del atrio. Ya en la plataforma volvió a perder la conciencia brevemente. Lo despertó el murmullo, que era ensordecedor. La piedra bajo su cuerpo vibraba, transmitiendo su movimiento a su cuerpo. Sabía que tenía que acercarse al centro, donde había un relieve esculpido en el suelo, en una única losa casi completamente blanca. Sabía que tenía que estampar su mano empapada en su propia sangre en el centro del relieve y sabía que eso tendría unas consecuencias para las que no estaba preparado. Lo sabía gracias a la misma certeza que le había llevado al riachuelo y había guiado su nado hasta allí, gracias al mismo conocimiento que se había insertado en su mente de que tenía que seguir al murmullo. La alternativa era la muerte. Dejar un cadáver en el bosque que sería el alimento de hongos, plantas y animales, y que nadie descubriría. Supondrían, con el tiempo, que había muerto, pero nadie lo sabría. Y nadie lo hallaría ni lo lloraría. Nadie se compadecería de su mala suerte ni de su vida desperdiciada. Nadie lo echaría de menos.

Su mano golpeó el centro del relieve y el murmullo y la vibración desaparecieron. Sólo había un cadáver en un podio de piedra gris justo en la losa blanca central. La luna hacía brillar el rastro de sangre que había sido su camino. Entonces, despertó.